Soberanía frente al colonialismo

Soberanía y buen gobierno: dos elementos igualmente indispensables para un Puerto Rico próspero en el Siglo XXI

Por Ángel Israel Rivera, miembro del Comité de Programa La educación sobre la necesidad e importancia de la soberanía propia para que Puerto Rico pueda enfrentar los retos económicos, políticos, sociales y culturales del siglo XXI debe estar acompañada, siempre, de dos elementos fundamentales: (1) explicar la necesidad de la soberanía en función de la economía y de nuestro desarrollo como Pueblo con acceso a una alta calidad de vida y (2) explicar que la soberanía por sí sola no garantiza alcanzar los objetivos de economía dinámica, desarrollo sostenible y calidad de vida. Este segundo elemento implica reconocer la necesidad del buen gobierno. Un gobierno que esté comprometido realmente con el bien colectivo y con el logro de estos objetivos para todos los habitantes de Puerto Rico, no únicamente para una elite egoísta y manipuladora de nuestros recursos en beneficio exclusivo de sí misma.

Cuando esto se comprende plenamente, resulta evidente que los objetivos del cambio verdadero que necesita Puerto Rico para transitar hacia el desarrollo económico, político, social y cultural en el nuevo siglo son dos y no sólo uno. Por un lado, está el objetivo de la descolonización y de la terminación de una sociedad de dependencia extrema. Es éste un cambio fundamental e indispensable. Por otro lado, no se puede dejar de subrayar el objetivo de conseguir una nueva clase de ciudadanos a quienes podamos entregar las riendas del Gobierno en la confianza de que habrán de administrarlo prioritariamente hacia el bien colectivo.

En las últimas décadas Puerto Rico ha experimentado todo lo contrario. No sólo no hemos tenido los poderes de la soberanía para poder conducir a nuestro país hacia el tipo de desarrollo que necesitamos, sino que tampoco hemos contado con un buen gobierno, realmente comprometido con los objetivos colectivos. La razón principal ha sido que en los partidos y en el gobierno se ha enquistado un sector de nuestra sociedad, una clase de políticos ambiciosos, que llegan al gobierno para proteger, defender y acrecentar sus propios haberes e intereses económicos, y los de sus amigos y familiares, y no para gobernar unidos en pro de los intereses comunes de todo el Pueblo. Por esa misma razón, el hecho de que los votantes cambien al partido que gobierna en Puerto Rico no produce efecto alguno en términos de dotarnos de un buen gobierno, ni de lograr el desarrollo económico que necesita el País, ni mucho menos alcanzar la justicia social que en otros tiempos fue objetivo de los dirigentes políticos. Es por eso también que la gestión de gobierno en nuestro país termina siempre favoreciendo más a la elite de ciudadanos que tienen más, a los ya privilegiados, y no al Pueblo como totalidad. Y es también esa la razón por la cual muchos problemas sociales y fiscales no se atienden con la prioridad y efectividad que estos ameritan. Los integrantes de los grupos gobernantes que hemos tenido, con algunas meritorias excepciones muy individuales, han sido mayormente insensibles a las necesidades de amplios sectores del Pueblo porque su compromiso está con el bien propio y el de sus favorecidos. Por eso no les ha preocupado endeudar al País in extremis, con tal de tener a corto plazo los recursos para engrosar sus intereses y sus arcas personales así como también para comprar con favores y “obras ostentosas” los votos del Pueblo.

Si tuviéramos la soberanía aparejada al mal gobierno, administrado por una clase política egoísta, carente de verdadero patriotismo, enfocada en sus propios intereses y en cómo aumentar sus caudales personales —hay que decirlo claro— la soberanía no terminaría, por sí sola, con la sociedad estancada, de alto deterioro social, moral y económico, y de baja calidad de vida para la mayoría, que es hoy en Puerto Rico el producto palpable del colonialismo.

Por demasiado tiempo, quienes han propuesto alguna fórmula de estatus de soberanía propia para Puerto Rico han olvidado subrayar que los puertorriqueños, como Pueblo, no sólo tenemos un derecho inalienable a la autodeterminación libre, y a la soberanía propia, sino que tenemos derecho también a un buen gobierno. Sin embargo, no existen derechos sin responsabilidades. Nuestro derecho a la autodeterminación y a la soberanía implica también nuestra responsabilidad de buscar un consenso para reclamar esa soberanía y la responsabilidad adicional de ejercerla en bien de todo el Pueblo. Y nuestro derecho al buen gobierno, implica también la necesidad y responsabilidad de organizar nuevos grupos y partidos, o de transformar los partidos existentes, de modo que los mecanismos de reclutamiento político resulten en una nueva clase dirigente comprometida realmente con el bien común y la calidad de vida y no con sus intereses egoístas.

No es por falta de personas idóneas, comprometidas con el país, que no hemos tenido una nueva clase dirigente que actúe de forma diferente. De hecho, son muchos los puertorriqueños talentosos y deseosos de ayudar a construir un mejor país que, sin embargo, se han alejado de la vida política. Lo han hecho precisamente a causa del predominio en ella de los grupos de buscones, egoístas y hasta corruptos que han dominado nuestro escenario político. Los recursos humanos están: lo que falta es articularlos como un nuevo grupo político, y llevarlos al gobierno con nuestros votos.

La comprensión de estas realidades se aviva y profundiza cuando se examina la experiencia de los países que fueron en otro tiempo colonias o territorios de alguna gran potencia y que posteriormente obtuvieron su soberanía. Aquellos que contaron con una clase política realmente comprometida con el bienestar colectivo y con el buen gobierno, prosperaron en todos los órdenes después de alcanzada la soberanía. Entre esas soberanías exitosas hay varias con escalas similares a Puerto Rico en territorio y población, como se ha demostrado en el libro de Soberanías Exitosas y en las presentaciones de Soberanías en PowerPoint del Instituto Soberanista Puertorriqueño. En cambio, los países recién soberanos que fueron dominados por oligarquías egoístas, no sólo sufrieron del mal gobierno, sino también pasaron por grandes dificultades y se sumieron en el subdesarrollo, la desigualdad social y la baja calidad de vida para la mayoría de sus habitantes.

No es este el lugar para demostrar esta realidad con detalle, a base de múltiples ejemplos concretos de diversos países. No obstante, cualquiera que estudie en forma comparada las soberanías exitosas con las que no lo han sido encontrará que en las exitosas se aparejaron los poderes de la soberanía con el buen gobierno, con el compromiso de las elites que llegaron al poder con el desarrollo de sus países como una totalidad y con la realización de grandes esfuerzos por alcanzar alta calidad de vida para todos. Si nos enfocamos en lo que está ocurriendo desde fines del siglo XX y en lo que lleva transcurrido el siglo XXI —que ya es una década— será fácil constatar que en estos tiempos de nuevas tecnologías, de economía globalizada y de integraciones económicas regionales, las soberanías exitosas han sido aquellas que han combinado los poderes de la soberanía con el buen gobierno y con un Pueblo deseoso de superarse a sí mismo y de alcanzar metas de desarrollo y calidad de vida. En estos tiempos, hablar de “buen gobierno” implica necesariamente hablar del compromiso veraz de ese gobierno con el desarrollo económico y social sostenible y con un modelo de gobernanza democrática que permita impulsar la economía mediante alianzas multisectoriales.

Contrario a las meras alianzas público-privadas, las cuales pueden prestarse para contubernios entre el gobierno y los sectores empresariales privilegiados  —algunos también egoístas y hasta corruptos— las alianzas multisectoriales buscan la cooperación de múltiples sectores.  No se trata solamente del gobierno y los empresarios sino de alianzas más incluyentes en las cuales suman esfuerzos los sindicatos, las universidades, los líderes comunitarios y otros sectores laborales y profesionales del Pueblo que pueden velar para que el interés público quede bien servido, y no únicamente se persigan los intereses de las clases privilegiadas. Además, entre las clases empresariales siempre existen representativos conscientes de la responsabilidad social del capital y realmente comprometidos con su País. Estos últimos pueden ser un factor importante en el logro de objetivos de desarrollo y de calidad de vida en alianza con un buen gobierno y con otros sectores sociales y en la realización de inversiones conjuntas con el capital externo, de modo que la presencia de éste realmente sea de beneficio para la economía del país. El ingrediente multisectorial es de la mayor importancia. Mediante ese dispositivo unos sectores vigilan a los otros y se evitan traiciones al bien colectivo en beneficio egoísta de un sector en particular.

Un examen cuidadoso de las experiencias de soberanías exitosas en el mundo de hoy lleva inevitablemente a la conclusión de que los siete (7) elementos siguientes suelen estar todos presentes, o por lo menos la gran mayoría de ellos, en la combinación de factores que llevan al éxito económico, a la competitividad mundial y a la alta calidad de vida en los países con soberanías constructivas:

(1) Un Pueblo que busca educarse cada vez más, tanto en cultura general y en diversos campos del saber, como políticamente, y que está dispuesto al diálogo y a la negociación amistosa entre diversos sectores y partidos para lograr objetivos comunes;

(2) Poderes amplios de soberanía en sus gobiernos nacionales;

(3) Un gobierno central y gobiernos regionales y locales democráticos, realmente comprometidos con la gobernabilidad y con el desarrollo económico sostenible, así como también con el bienestar de todos los sectores del Pueblo, y donde el gobierno central está muy activo en el escenario nacional e internacional con el fin de lograrlo;

(4) Un gobierno nacional que otorga prioridad a la educación y que está dispuesto a hacer fuertes inversiones para alcanzar educación de calidad entre sus ciudadanos, a la par que existen múltiples iniciativas privadas y de la sociedad civil que contribuyen también al mismo objetivo;

(5) Un Plan Estratégico, enfocado no sólo en lo económico sino también en una mejor distribución social y en criterios de calidad de vida, con objetivos y metas claras, al mismo tiempo que dichas metas son realizables;

(6) Un Plan de Implantación concreto y efectivo de los planes estratégicos de estímulo al desarrollo económico sostenible y a la calidad de vida; y

(7) Apertura a una gestión global acompañada de alguna conexión o asociación especial ya sea con otro país, o con un grupo de países, que se encuentren entre los más desarrollados y con mejor calidad de vida en el planeta.

Estos, por tanto, deben ser los objetivos medulares del nuevo movimiento político soberanista que necesita Puerto Rico. Y todos estos fines se pueden alcanzar con el binomio de la soberanía aparejada al buen gobierno. Esto requiere, como se ha dicho, dirección por un nuevo liderazgo político, que NO sea ni corrupto ni egoísta, y que esté realmente comprometido con un mejor destino para todo el País. En términos de estatus político dichos objetivos pueden realizarse tanto en la Independencia como en la Libre Asociación por lo que la educación sobre la soberanía y el buen gobierno debe también educar sobre las especificidades de ambas formas de alcanzar la soberanía.

Finalmente, considerado todo lo anterior, es de la mayor importancia que la educación sobre la soberanía comunique tanto un sentido de urgencia, como entusiasmo e inspiración.  La mejor manera de comunicar el sentido de urgencia para alcanzar la soberanía propia es la condición actual de nuestra economía, atascada en una crisis y con un crecimiento negativo sostenido que lleva ya varios años, sin que haya asomo de que la misma vaya a cambiar hacia algo mejor bajo las condiciones de subordinación territorial a Estados Unidos. Es la “caída libre” a la cual se ha referido el Dr. Ángel Collado Schwarz. El sentido de urgencia se transmite cuando se comunica en toda su profundidad la realidad siguiente:

Puerto Rico es uno de los pocos países de América que no tienen un gobierno que esté activamente haciendo lo que hay que hacer para el logro del desarrollo sostenible y la competitividad global según los nuevos retos de la economía mundial del siglo XXI. No lo tiene porque el Gobierno puertorriqueño no posee los poderes de la soberanía que son necesarios para impulsar la economía puertorriqueña en el mundo globalizado de hoy.  A esto se suma el no haber tenido en las últimas décadas un gobierno realmente comprometido con tales objetivos por lo antedicho: porque a las clases políticas que han dominado el gobierno y los partidos les ha parecido más cómodo promover la dependencia y conformarse con lucrarse ellos mismos, aunque el país se endeude en extremo y se hunda en un abismo. Y no lo tiene, porque el Gobierno Federal de Estados Unidos de América, que sí cuenta con los poderes internacionales de la soberanía para impulsar la economía de Puerto Rico, no lo hace tampoco ya que nuestra economía no tiene ninguna prioridad en Washington. Estados Unidos tiene su propia crisis y sus propios problemas muy complejos, los cuales se captan fácilmente si se siguen con detenimiento los asuntos políticos de ese país. Como cuestión habitual, siguen enviado fondos federales que sólo resultan ser paliativos pero que no resuelven nuestro estancamiento. Son fondos para más dependencia de nuestra gente y de la burocracia gubernamental en Puerto Rico, pero no tanto para el desarrollo. Se mantiene a quienes están en la pobreza en esa misma condición esencial de pobreza, aunque con paliativos para que no sea tan agobiante. Por eso, en medio de muchos recursos monetarios, vivimos continuamente en la pobreza de los resultados: en la educación, en la salud, en la falta de empleos y en la incapacidad del gobierno de frenar la ola criminal o de proveerle seguridad a sus ciudadanos.

Es por eso mismo también que cualquier programa de Buen Gobierno para Puerto Rico promovido por un movimiento soberanista deberá efectuar un cambio de paradigma respecto de lo que se llama el desarrollo comunitario o el desarrollo económico y social en las llamadas “comunidades especiales”.  Ese nuevo paradigma implica sustituir poco a poco los programas puramente asistenciales por programas y proyectos que transformen los activos de dichas comunidades en capital de inversión y en negocios comunitarios exitosos, mediante cooperativas y otras formas de empresas comunitarias.  La finalidad debe ser que más y más personas en todas las comunidades estén dentro y no fuera de la “campana de cristal” de la inversión productiva generadora de ganancias. (De Soto, Hernando, 2000, The Mystery of Capital, New York: Basic Books)

Ante la realidad de unas autoridades en Washington que tienen los poderes para impulsar nuestra economía pero no los usan para eso, porque sus dirigentes políticos ni nos entienden ni nos conocen, ni nos asignan prioridad, y ante la realidad de que nuestro propio gobierno tampoco puede hacerlo por la falta de soberanía, y porque las clases políticas que dominan hoy los gobiernos carecen de un compromiso genuino con el bien colectivo. Puerto Rico tiene que tener como objetivo urgente el reclamar y conseguir el ejercicio de los poderes soberanos que nos permitirían reimpulsar nuestra economía hacia un nuevo ciclo de desarrollo económico. Para lograrlo tenemos que aprovechar nuestros valiosos recursos humanos y concentrarnos en la fórmula I+D+I: investigación, más desarrollo, más innovación, que es la que está teniendo éxito en los países que sí progresan en estos nuevos tiempos.

El sentido de urgencia está claro: sin soberanía y sin una interconexión significativa de nuestra economía con otras economías más allá de la de Estados Unidos, conservando al mismo tiempo y mejorando lo positivo de la interacción con la economía estadounidense, Puerto Rico no podrá lograr ni un nuevo ciclo de desarrollo sostenido, ni la justicia social, ni una alta calidad de vida. El sentido de inspiración y de confianza es también medular.  De la misma manera que la soberanía debe ir aparejada al buen gobierno para ser exitosa, la educación sobre la soberanía debe ir acompañada de este otro binomio: del sentido de urgencia y del sentido de inspiración.

Quienes educamos sobre la necesidad de la soberanía y el buen gobierno tenemos el deber de ser inspiradores, de comunicar seguridad y optimismo, de contagiar a otros con la convicción de que, a pesar de nuestras debilidades y dificultades, también contamos con fortalezas y oportunidades, las cuales puestas a trabajar a nuestro favor, nos permitirán construir el nuevo país que soñamos y necesitamos. Para que esto se logre, la dirección de los grupos y movimientos soberanistas, fuera o dentro de partidos políticos, tiene que estar en las manos y mentes de personas inspiradoras, claras, seguras de sus objetivos y de la posibilidad de  su realización. Tienen que ser personas a quienes en ningún momento les asome la dubitación ni les tiemble el pulso. Esto significa que la dirección de los movimientos y grupos que reclaman la soberanía no puede estar en manos de los dudosos, de los ambiguos ni de los paralizados por una mentalidad todavía colonial. El liderato de la soberanía tiene que ser claro, convincente, contundente e inspirador.  No puede estar en manos de los débiles, los dubitativos o los cobardes. Porque con los débiles, los dubitativos o los cobardes jamás en la historia humana se ha construido un nuevo País.

El prócer y pensador Eugenio María de Hostos nos enseñó que en el conocimiento y en el reclamo de sus derechos, y en el reconocimiento y cumplimiento de sus obligaciones, es que se distingue al ser humano civilizado. En estos tiempos del siglo XXI los puertorriqueños no sólo aspiramos a ser más civilizados sino también más prósperos y a disfrutar, y legarle también a las próximas generaciones, una mejor calidad de vida. Por eso es imperativo que nos unamos todos (de ahí Unión Soberanista) en el conocimiento y reclamo de nuestros dos derechos colectivos más importantes: el derecho a la soberanía y derecho al buen gobierno. Y, por supuesto que nos unamos también en nuestra obligación y responsabilidad de hacer que ambos se logren conjuntamente.

27 de junio de 2010

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