Soberanía frente al colonialismo

Querido Willie…

Por Silverio Pérez, publicado en El Nuevo Día

…sigo la conversación que iniciáramos a las seis de la mañana del día que caminamos por aquel Paseo Tablado que me querías mostrar. Lo único que la interrumpía era cuando te salías de la ruta para recoger un papelito tirado en la grama o la madera de una verja fuera de sitio. La continuamos en el Jardín Botánico, que ahora debe llevar tu nombre, mientras caminábamos y me explicabas la razón de ser de cada espacio y las dimensiones a las que deseabas extenderlo. Paradójicamente fue tu enfermedad la que nos permitió hablar con mayor intimidad en el patio del Centro de Cáncer MD Anderson en Houston. El hilo de la conversación fue siempre el mismo: Puerto Rico y sus problemas y la incapacidad de los políticos de resolverlos.

Me golpeó en el espíritu tu confesión, con una sonrisa en el rostro, sin el más leve asomo de rencor, que sabías que para muchos, por sus aspiraciones políticas e ideológicas, tu enfermedad y muerte, sería un gran alivio. Los vi llorosos y compungidos en el velatorio, audicionando para un Oscar. Vi a los que declararon cinco días de duelo por tu muerte cuando tú preferías a cambio, cinco días de negociaciones honestas con los estudiantes universitarios que buscan salvar nuestro primer centro docente en el cual te formaste. Por eso, tu última manifestación pública fue de apoyo a los estudiantes en huelga. Vi al que llamó coqueros a esos estudiantes serios y honestos. Me imagino tu incomodidad en el féretro ante esa guardia ¿de honor? Vi a los que los que buscan prebendas permanentes, como las escoltas, con caras de circunstancias, mientras los esperaban, con el aire acondicionado prendido, sus choferes y policías. Vi a los que solo aspiran a sentarse en tu silla, pues tienen claro que nunca la podrán ocupar. Vi a los que han renegado de tu definición de soberanía, “el gobierno propio capaz de relacionarse de tú a tú con otros países del mundo sin pedirle permiso a nadie”. Uno de ellos tuvo el privilegio de presentarte en el valiente discurso que diste en la Fundación Luis Muñoz Marín y, precisamente, en el mismo diario y el mismo día que se publicaba tu muerte, renegaba de la soberanía en una columna acomodaticia a sus intereses megalómanos.

Pero para mi tranquilidad, y también la tuya, vi a un pueblo que se desbordó en amor y respeto por ti y por lo que has representado. Esos no fingían, venían de todas partes del país a reconocer la diferencia entre un dirigente político y un líder. El primero piensa en las próximas elecciones, el segundo en las próximas generaciones. Vi a la gente de las barriadas donde pusiste en práctica la autogestión comunitaria, esa que tanto le teme otro alcalde que, en dirección contraria a la tuya, pretende arrebatarle a la gente del Caño Martín Peña sus sueños e ilusiones. Vi la gente de las urbanizaciones impactadas por tus proyectos tecnológicos para democratizar la información. Vi artistas que reconocieron en ti un aliado y gestor de la cultura. A los deportistas que te agradecían el apoyo incondicional a esa faceta tan esencial para nuestra identidad nacional. Vi académicos que colaboraban con tus proyectos de autosuficiencia energética y alimentaria. Leí mensajes que venían de otras ciudades del mundo, como Curitiba en Brasil, a donde extendiste los brazos para apoyar y ser  apoyado en hacer de Caguas una ciudad del siglo 21.

Sé que muchos, en silencio, sin mayores dramatismos, juramos ante tu cuerpo hacer de este país “un país posible”. Este país que ha tenido, como expresaste en la Gran Entrevista de este diario, “un gobierno muy malo” pero que más temprano que tarde usará “la soberanía como herramienta indispensable para construir el proyecto político de un pueblo”. Los líderes de tu partido subrayan los buen alcalde que fuiste, pero obvian las soluciones visionarias que das a nuestros problemas. Pero están sentenciados por ti: “si el PPD no responde a estos cambios necesarios es una posibilidad real que se cree un movimiento soberanista que se convierta en un partido político”.

Amigo, gracias por ser fuerte como el roble, luchar como el pitirre y convertirte en moriviví, porque ha muerto tu cuerpo físico, pero tus ideales han revivido con más fuerza.

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