Economía, Participación ciudadana

Las grandes ilusiones

Por Luis Rafael Sánchez, escritor

El pesimismo se apodera de la sociedad puertorriqueña contemporánea. Lo informa una encuesta que acaba de divulgar una emisora radial de histórica y fructífera participación en la vida pública del País, la WKAQ. Noventa de cada cien puertorriqueños se declara pesimista frente a la situación de calamidad, a ultranza, en que se halla sumido el País.
El porcentaje da grima. Lo produce una sociedad irritada con la delincuencia rampante, la escalada brutal del costo de la vida y la grave amenaza al presente y el futuro individual y colectivo que supone el desempleo. Una sociedad que, por estar hasta la coronilla, empieza a acariciar el sueño de emigrar, de huir, de largarse de Puerto Rico a la primera oportunidad y radicarse en cualquiera de las utopías urbanas a su alcance, con Orlando a la cabeza de las mismas. Los riesgos de una mudanza precipitada, los riesgos de volver a empezar fuera del lar nativo, parecen considerandos mínimos frente al hecho, nada halagüeño, de quedarse.

Aunque la susodicha encuesta no lo mencione parecería que, como tumor maligno, el pesimismo crece. Un pesimismo restituidor de la vigencia de unos versos lamentosos que creíamos melodías de un superado ayer :- ¿Qué será de mis hijos y de mi hogar? Un pesimismo que desafina, ruidosamente, con el endoso abrumador conseguido por el Partido Nuevo Progresista en las últimas elecciones generales; endoso que hicieron factible sus promesas de cambio y mejoría y su siembra de grandes ilusiones. Un pesimismo que arroja un nubarrón espeso sobre los actuales inquilinos del poder, tan a gusto y capricho volcados en la ineptitud y la anodinia, la desorientación y la jactancia. Peor aun, tan dispuestos a luchar, con uñas y dientes, por seguir disfrutando de unos privilegios y unas ventajerías que, aparte de su dudosa legalidad y decisiva inmoralidad, ofenden y agravian a la inmensa mayoría de la población, ésa a quien la vida se le endurece y amarga a cada sucesivo instante.

Desde luego, a quien existe a pie, a quien se desplaza en transporte público o viene obligado a integrar una fila interminable para solucionar los problemas que causa el gobierno mismo, la encuesta aludida no le dice nada nuevo.

Tampoco le dice nada nuevo a quien, por quinta ocasión, llega a la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados o la Autoridad de Energía Eléctrica a las cinco de la mañana, esperanzado en conseguir uno de los primeros cuatrocientos turnos; turno que le permitirá solicitar una explicación, coherente coño, de por qué le espetan una tarifa comercial a su trapo de covacha, ubicada en el patio de una casa.

El pesimismo se extiende a lo largo y ancho del País. En la nómina abultada de los pesimistas descuellan quienes aguardan hora y media por una guagua de la Autoridad Metropolitana de Autobuses, cuatro días por una cama en los hospitales del Estado, de ocho a dieciséis días por una cita con una trabajadora social, de dieciséis a treintidos días porque recubran con gravilla y brea un socavón de profundidad descomunal donde se accidenta media docena de automóviles por semana.

El pesimismo amenaza con volverse cundiente. Pues si bien el País tiene quién lo mande, el País no tiene quién lo inspire. Pues si bien lo manda una desconcertada trinidad compuesta por el Señor Gobernador, el Señor Presidente del Senado y el Señor Secretario de la Gobernación, ninguna de dichas figuras ha querido renunciar al partidismo selval en la toma de decisiones. Como tampoco se ha dejado guiar por la generosidad necesaria para ayudar a realizar las grandes ilusiones sembradas durante la última campaña electoral.

La encuesta, sin embargo, no autoriza a profetizar, como se ha avanzado a hacer, que el País se aboca, inevitablemente, a un cambio de partido gobernante en las elecciones generales del año dos mil doce. Por un lado, las posibilidades de victoria del archipiélago independentista son nulas. Por el otro, las posibilidades de victoria del Partido Popular Democrático serían considerables si diera con un líder que supiera mandar e inspirar. A la fecha de hoy el liderato del una vez formidable partido semeja, a veces, una gallera desvencijada de monte adentro.

Otra veces semeja una aburrida cartelera boxística, configurada por demasiados pesos livianos. ¡Con tales relámpagos y truenos el pesimismo no va a amainar en buen rato! ¿Entonces? Un poeta excepcional nuestro escribió un verso enunciativo de misteriosa sugerencia: -”En la vida todo es ir”. Como en la vida todo es ir alguna ilusión luchadora tendrá que acontecer pronto. Noventa porciento supone una enormidad de opinión… e indignación.

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