Soberanía frente al colonialismo

Plebiscito: participación o boicot

Por Julio E. Fontanet, abogado

Se avecina otro plebiscito. Se estima que su costo será de más de $10 millones, sin contar el esfuerzo humano que requerirá su celebración y la consecuente distracción de los problemas del País —y de sus soluciones— que significará la campaña.

Resultaría inquietante que algunos buenos puertorriqueños y estadistas bien intencionados pudieran pensar que su celebración pueda, de alguna manera, atender el problema del status colonial de nuestra nación.

Otros, particularmente el liderato del PNP y los inversionistas políticos de turno, lo ven como una oportunidad de evitar la discusión de una desafortunada gestión gubernamental, además de la posibilidad de que una victoria en dicho proceso les permita cambiar la corriente de lo que parece ser un tsunami de rechazo a sus ejecutorias.

Preocupa la manera tan burda en que pretenden dar curso a este operativo. Ante ello, es menester que todo el País, incluyendo los verdaderos estadistas, expresen inequívocamente que el problema del status no puede ser utilizado para propósitos proscritos.

La crítica ya no se limita a la utilización del desacreditado proceso de “plebiscito colonial”, ya practicado en los años 1967, 1993 y 1998, y que, aparte de no cumplir con los parámetros mínimos de la normativa internacional, ha demostrado ser un ejercicio inútil.

Resulta inconcebible que el liderato del PNP esté dispuesto a darle legitimidad y permanencia a un status territorial y colonial al avalar una segunda ronda en 2013 cuando, evidentemente, la estadidad no va a ser favorecida frente al ELA actual. ¿Es que para ese liderato las elecciones de 2012 son más importantes que su ideal de estadidad? ¿Es que ahora se han convertido en los “nuevos colonialistas”?

Ante ese acto de mezquindad patriótica, es menester que el pueblo ofrezca una lección de democracia y verticalidad. La única alternativa es el boicot.

Hay muchas formas de realizarlo. Puede ser tan sencillo como no acudir a los centros de votación, escribir alguna expresión o marca, dañar la papeleta, dejarla en blanco o romperla y depositarla así. El reto es identificar un mecanismo que permita cuantificar los electores que participaron en el boicot. Tiene que haber generosidad de todos los sectores en el diseño de las estrategias. No se trata de protagonismos, sino de resultados.

Para que el boicot sea efectivo, se requiere, además, que todas las personas que no están inscritas, o las que fueron eliminadas de la lista electoral, se inscriban. De lo contrario, una baja participación podría ser manipulada para dar la impresión de que, en términos porcentuales, participó un sector significativo de la población. A esos efectos, es deseable repensar la postura de muchos puertorriqueños —mayormente independentistas— que, por razón de principios, no participan en elecciones o consultas electorales coloniales. Me parece —con mucho respeto— que las presentes circunstancias obligan a reconsiderar dicha postura.

Cabe destacar que en el pasado el pueblo ha reaccionado negativamente ante consultas que eran —o se percibieron— como reacciones precipitadas ante gestiones fracasadas (sobre el status) ante el Congreso o como procesos amañados por el gobierno de turno. De ahí el rechazo —independientemente de los resultados finales— a la consulta sobre los derechos democráticos en 1991, al referéndum para eliminar el derecho absoluto a la fianza y a aumentar el número de jueces en el Tribunal Supremo en 1994 y al plebiscito de 1998.

Ojalá que el liderato del PNP pueda reaccionar y detener lo que es, a todas luces, un proceso vergonzoso e indigno y que así trascenderá en la historia política del país.

Si no lo hace, todos le daremos una lección de lo que es un verdadero ejercicio democrático y le demostraremos que el tema del status es de tal seriedad que intereses electorales o personales no pueden anteponerse al mismo.

El boicot será el instrumento pedagógico.

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