Educación

La UPR que queremos

Por Efrén Rivera Ramos, Catedrático de Derecho

La invitación a que volvamos a examinar la Universidad de Puerto Rico para construirla “si hiciere falta desde sus cimientos” no debe tomarse livianamente. Tal vez haga falta hacerlo. Pero al acometer ese propósito no deben pasarse por alto ciertas consideraciones.

En primer lugar, no puede evaluarse una institución centenaria como la UPR sin hacernos cargo plenamente de su historia. Esa historia pesa, para mal y para bien.

Tampoco debe albergarse la pretensión de hacer tábula rasa. Las políticas de arrasamiento frecuentemente terminan destruyendo lo positivo con lo negativo, echando por la borda logros históricos y avances sociales y culturales que deben tenerse como ganancias de la comunidad y no como lastre que deba echarse al mar.

En segundo lugar, tan importante sería la tarea, tan trascendental para todos, que sería mezquino, cuando no profundamente antidemocrático, encomendársela a un pequeño grupo de adeptos al Gobierno, por más ilustres y conocedores que sean, que respondan a visiones ya determinadas sobre lo que quiere hacerse con la institución a la luz de alguna ideología política y económica al uso.

La revisión ­si alguna ha de efectuarse- de la estructura y operaciones de nuestro principal centro de educación superior debe contar con la participación más amplia de la comunidad universitaria .

Incluidos, por supuesto, esos profesores “posmodernos” que un ex-presidente de la institución ha nombrado con cierto desprecio y esos otros “de izquierda ” a quienes el gobernador de Puerto Rico ha puesto en la mira para su liquidación.

Por lo pronto, si se quiere ir a la raíz de los asuntos, debería procurarse lograr, cuando menos, los siguientes objetivos: (1) erradicar el control político-partidista de la institución; (2) imprimir mayor efectividad a la participación docente y estudiantil; (3) eliminar el autoritarismo en el manejo de los asuntos universitarios; (4) aumentar el acceso a la educación universitaria de los sectores más desaventajados; (5) estimular el reclutamiento y retención de docentes que aporten nuevas ideas y promuevan proyectos académicos innovadores; (6) incentivar más, no menos, la investigación de avanzada en todos los ámbitos del saber; (7) estrechar los lazos entre la universidad y las comunidades que más necesitan sus servicios; (8) devolverle a la UPR su relativa autonomía fiscal; (8) instaurar procesos administrativos más ágiles y menos burocráticos y (9) fomentar al máximo un clima de diálogo y respeto entre todos los componentes de la comunidad universitaria.

Estoy seguro que si ése, o uno parecido, es el tenor del examen que se acomete, la inmensa mayoría de los miembros de la comunidad universitaria sabrá responder con responsabilidad y compromiso.

Estoy de acuerdo con el señor gobernador en que la UPR debe continuar siendo el centro de enseñanza, investigación y servicio de mayor excelencia y prestigio en el país.

Pero para ello ha de contar con las condiciones materiales y culturales necesarias. Aumentar continuamente sus recursos, no disminuirlos adrede, debe ser parte indispensable de la política de educación superior del país. Dotarla de un clima de libertad para la enseñanza, la investigación y el servicio, al amparo de los valores universitarios, debe constituir un propósito imperturbable.

Ni el recorte de derechos de expresión, ni la coacción policíaca, ni las amenazas públicas, ni la persecución de la disidencia comulgan con ese ámbito de libertad creadora que la universidad exige.

El actual tranque universitario debe resolverse de la forma más beneficiosa para la UPR y para el país. De esta situación deberíamos salir todos decididos a fortalecer la institución para que cumpla con la encomienda que le ha dado el pueblo de Puerto Rico, con las miras puestas tanto en el corto como en el largo plazo.

Pero utilizar la coyuntura actual como excusa para reducir la UPR y reorientarla hacia otros horizontes, más cónsonos con una visión economicista y corporativa de la institución, sería no solo desastroso sino una invitación a una mayor escalada de los conflictos.

Esa no es la UPR que queremos.

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