Soberanía frente al colonialismo

Monchín Feliciano: el David culebrense

Por: Ángel Collado Schwarz, Historiador, Comunicador

El pasado 5 de noviembre falleció sigilosamente Ramón “Monchín” Feliciano Encarnación a sus 87 años.  Nadie pensaría que aquel hombre de voz tenue, gentil, y sonrisa amigable, dirigió una lucha como un David contra el Goliat que fue la Marina de Guerra más poderosa del mundo en el momento de mayor hegemonía estadounidense.

La consigna de Monchín era de justicia y de erradicar el abuso de las fuerzas militares en su isla municipio.  Los culebrenses habían sufrido los estragos de las fuerzas invasoras desde principio del siglo XX.

La magnitud del abuso era patente desde los inicios.  El gesto más dramático fue la decisión de establecer la base naval en el pueblo de San Ildefonso, propiedad del municipio de Culebra.

La Marina literalmente ordenó a los residentes que abandonaran sus casas en 24 horas para poder ubicar su base naval en esos predios.  El nuevo poblado sería bautizado por la Marina con el nombre del almirante Dewey, héroe naval estadounidense en la Guerra Hispanoamericana contra la flota española en las Filipinas.  En un gesto abusivo y atropellante, la Marina no sólo reubicó arbitrariamente a los culebrenses, sino que los obligó a constituirse bajo el nombre de un almirante foráneo a la población.

En 1940 el vicealmirante Ellis  invitó al sanguinario dictador dominicano, Rafael Leónidas Trujillo, a presenciar maniobras navales en Culebra sin consultar al Departamento de Estados de los Estados Unidos.  Monchín recordaba el impacto que le causó el perverso tirano cuando los militares estadounidenses le honraron con un desfile en el que lució un uniforme militar impecable, salpicado con oro, y botas lustradas a su máximo esplendor.

Durante varias décadas la Marina realizó maniobras sin tomar en consideración a la población ni los daños causados a los terrenos y la vida marina.  En ocasiones, le causaron la muerte y daños corporales a culebrenses y a los propios militares.  Era conocido el abusivo comportamiento que durante sus tiempos de ocio los marinos exhibían con los culebrenses.

Ante este escenario tétrico es que surge la figura de  Monchín Feliciano: un ciudadano con temple, valentía, dedicación, perseverancia, astucia, nobleza y honestidad;  cualidades dignas de un héroe homérico.  Monchín Feliciano se lanza al ruedo político en las elecciones de 1960, en las cuales es elegido alcalde y así sucesivamente hasta su retiro en 1980.

Monchín emprendió su vía crucis victorioso cuando decidió embarcarse hacia Washington, D.C. y, siguiendo el consejo del congresista Joseph M. Montoya, reclutó “pro bono” al prestigioso y legendario bufete de abogados, Convington & Burling.

Nuestro valiente culebrense se insertaba en las altas esferas del poder, en los pasillos tenebrosos e inhóspitos de un bufete corporativo de alto vuelo en una ciudad extraña.

La perseverancia de Monchín, con el respaldo de los culebrenses,  la astucia del abogado Richard Copaken, el respaldo del presidente del Senado, Rafael Hernández Colón y el activismo de los sectores independentistas lograron la victoria final sobre la Marina más poderosa del mundo.

Monchín sobrevivió intentos de chantaje, campañas políticas negativas en sus re-elecciones y hasta intentos de comprarlo.  Su compromiso era con su pueblo y la justicia.

Sus memorias, La victoria de Monchín, y sus programas radiales en www.vozdelcentro.org inmortalizan su vivencia.

El legendario alcalde culebrense pasó sus últimos años participando activamente en su iglesia; batallando contra los nuevos desarrolladores que ponen en peligro la isla que la Marina de Guerra no logró destruir; transmitiendo su programa radial los domingos desde su habitación, junto a su inseparable labrador negro, Bronco; y caminando, impecablemente vestido, con paso lento, pero con firmeza, por las calles de Culebra, recordando su trayectoria por la vida y su cruzada quijotesca.

Su mirada penetrante, sonrisa radiante y espíritu noble perdurarán entre todos aquellos que tuvimos la dicha de gozar de la amistad de este gran héroe puertorriqueño, modelo para las nuevas generaciones.

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