Economía

Los ricos iracundos

Por Paul Krugman. Publicado por El País el 26 de septiembre de 2010

La ira está barriendo EE UU. Es cierto que esta cólera candente es un fenómeno minoritario, no algo que caracterice a la mayoría de nuestros conciudadanos. Pero la minoría iracunda, constituida por personas que sienten que les están arrebatando cosas a las que tienen derecho, está realmente iracunda. Y clama venganza.

La autocompasión entre los privilegiados se ha convertido en algo aceptable, e incluso se ha puesto de moda

No, no me refiero a los conservadores del Tea Party. Hablo de los ricos.

Estos son tiempos terribles para mucha gente en EE UU. La pobreza, especialmente la pobreza extrema, se ha disparado durante la crisis económica; millones de personas han perdido su hogar. Los jóvenes no pueden encontrar trabajo; los cincuentones despedidos temen no volver a trabajar nunca más.

Pero si quieren ustedes encontrar auténtica cólera política -la clase de cólera que hace que la gente compare al presidente Obama con Hitler o lo acuse de traición-, no la encontrarán entre estos sufridos estadounidenses. En cambio, la encontrarán entre los muy privilegiados, gente que no tiene que preocuparse por perder su trabajo, su casa o su seguro médico, pero que se siente indignada, indignadísima, ante la idea de pagar impuestos ligeramente más altos.

La cólera de los ricos ha ido creciendo desde que Obama asumió el cargo. Al principio, sin embargo, estaba en su mayoría restringida a Wall Street. Así, cuando la revista New York publicó un artículo titulado The wail of the 1% [El gemido del 1%], hablaba sobre los chanchulleros financieros cuyas empresas habían recibido ayudas con el dinero de los contribuyentes, pero que se indignaban ante las insinuaciones de que el precio de dichas ayudas debía incluir una limitación temporal de los bonus. Cuando el multimillonario Stephen Schwarzman comparó la propuesta de Obama con la invasión nazi de Polonia, la propuesta en cuestión habría corregido una laguna fiscal que beneficia específicamente a gestores de fondos como él.

Ahora, sin embargo, cuando se acerca la hora de tomar una decisión respecto al destino de los recortes de impuestos de Bush -¿volverán las tasas impositivas más altas a los niveles de la época de Clinton?-, la rabia de los ricos se ha intensificado y también, en ciertos aspectos, ha cambiado de carácter.

Por un lado, la locura se ha vuelto la norma. Una cosa es que un multimillonario despotrique en una cena de gala y otra es que la revista Forbes publique una noticia en portada en la que se afirme que el presidente está tratando de hundir adrede a EE UU como parte de su plan “anticolonialista” keniano, y que “EE UU está siendo gobernado de acuerdo con los sueños de un miembro de la tribu Luo de los años cincuenta”. Por lo visto, cuando se trata de defender los intereses de los ricos, las reglas normales de la retórica civilizada (y racional) ya no son válidas.

Al mismo tiempo, la autocompasión entre los privilegiados se ha convertido en algo aceptable, e incluso se ha puesto de moda.

Antes, los defensores de las rebajas de impuestos fingían que lo que les preocupaba principalmente era ayudar a las familias estadounidenses medias. Hasta las subvenciones fiscales para los ricos se justificaban aludiendo a la economía en cascada, la teoría de que unos impuestos más bajos en la cúspide harían la economía más fuerte para todos.

Ahora, sin embargo, los partidarios de los recortes fiscales apenas se molestan siquiera en defender el argumento de la cascada. Sí, los republicanos insisten en que subir los impuestos a los de arriba perjudicaría a las pequeñas empresas, pero no parecen poner su corazón en ello. En lugar de eso, se ha vuelto habitual escuchar negaciones vehementes de que personas que ganan 400.000 o 500.000 dólares al año sean ricas. Es decir, fíjense en los gastos de la gente que tiene ese nivel de ingresos: los impuestos sobre la propiedad que tienen que pagar por sus carísimas casas, el coste de enviar a sus hijos a colegios privados de élite, etcétera, etcétera. Vamos que apenas pueden llegar a fin de mes.

Y en el caso de los innegablemente ricos, se ha apoderado de ellos un beligerante sentido de lo que les corresponde por derecho: es su dinero y tienen derecho a conservarlo. “Los impuestos son lo que pagamos por una sociedad civilizada”, decía Oliver Wendell Holmes (pero eso era hace mucho tiempo).

El espectáculo de los estadounidenses acaudalados, las personas más afortunadas del mundo, regodeándose en la autocompasión y la superioridad moral sería divertido si no fuese por una cosa: es perfectamente posible que se salgan con la suya. Da igual que el precio de ampliar las deducciones fiscales de las rentas altas sea de 700.000 millones de dólares: prácticamente todos los republicanos y algunos demócratas corren al rescate de los adinerados oprimidos.

Es que, verán, los ricos no son como ustedes y yo: tienen más influencia. En parte tiene que ver con las contribuciones a las campañas, pero también con la presión social, ya que los políticos pasan mucho tiempo frecuentando a los adinerados. Así que cuando los ricos se enfrentan a la perspectiva de pagar un 3% o 4% adicional de sus ingresos en impuestos, los políticos sienten su dolor; lo sienten mucho más intensamente, está claro, de lo que sienten el dolor de las familias que están perdiendo sus trabajos, sus casas y sus esperanzas.

Y cuando la batalla de los impuestos haya terminado, de una manera u otra, pueden estar seguros de que la gente que actualmente defiende los ingresos de la élite volverá a pedir recortes en la Seguridad Social y en las ayudas a los parados. EE UU debe tomar decisiones difíciles, dirán; todos tenemos que estar dispuestos a hacer sacrificios.

Pero cuando dicen “todos”, quieren decir “ustedes”. Los sacrificios son para la gente humilde.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

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